Sobre los ‘Los cuartos y los finales’ de Victoriano Santana Sanjurjo

| 10 octubre, 2019

Los cuartos y los finales

Mercurio Editorial [ISBN: 978-84-17890-40-7]

Los cuartos y los finales de Victoriano Santana Sanjurjo (Mercurio Editorial, 2019) es una obra literaria que se asienta principalmente sobre dos géneros (el dramático y el ensayístico), aunque no sea de manera estricta, pues el texto teatral atesora muchas características propias del narrativo; y el ensayístico, del teatral. Es, por tanto, como producto literario, una obra híbrida; y como producto cultural, una obra de múltiples lenguajes, pues al lingüístico cabe añadir principalmente la influencia del musical.

La primera parte, Los cuartos, es un monólogo teatral inspirado en los siete primeros capítulos de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez (1967) que toma al personaje de José Arcadio Buendía como protagonista absoluto del texto.

A partir del pasaje conocido como el sueño de los cuartos infinitos, reconocido como una de las mejores piezas de la novela del colombiano…

Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fon-do. De ese cuarto pasaba a otro exacta-mente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la realidad. Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real.

el autor plantea un recorrido a través de sentimientos tan encontrados como la nostalgia, el arrepentimiento, la ira, la esperanza, el cariño, el desengaño… que se hallan presentes en la relación que el patriarca de los Buendía ha mantenido con los diferentes personajes que han ido apareciendo en la novela a lo largo de los siete capítulos iniciales.

La segunda parte del libro, Los finales, es un ensayo que toma como referencia principal la muerte, que es analizada y asumida desde la perspectiva del autor. Es la muerte del autor, descrita como un proceso hasta cierto punto teatral, que entronca con la visión calderoniana de la vida como una representación, la que fluye en las páginas aportando una visión personal del fenómeno y, al mismo tiempo, universal, pues nada de lo que reflejan Los finales es, a juicio del autor, ajeno a cualquiera de nosotros.

El autor reconoce la influencia de León Tolstoi, en general, y de su La muerte de Iván Ilich, en particular, en la segunda parte de su libro, una obra que, en su conjunto, es hondamente vital, pues hablar de la muerte y de su inevitabilidad consolida o debería consolidar el deseo de tener una vida plena: “una vida que, al final, merezca el reconocimiento de que ha valido la pena vivirse”, dice Santana Sanjurjo.


PROEMIO FRAGMENTADO DE «LOS CUARTOS»

Mediodía del 25 de mayo de 2019. Tres mil seiscientos sesenta y seis metros separan el origen del destino, mi casa. Doce minutos en coche; caminando, media hora. Sábado soleado en Santa Lucía de Tirajana. Dos horas antes, había llegado a casa de Nacho Cabrera, el origen; el origen de todo: el del breve viaje automovilístico de regreso que ahora cuento y, lo que importa más al caso que nos ocupa, el de la salida hacia el fabuloso viaje literario que me ha entretenido hasta finales de agosto y que ha supuesto el fin de la reconocida y apuntada castidad.

Allí hablamos de teatro, cómo no; y de Teatro La República, por supuesto; y de proyectos relacionados con el inminente primer cuarto de siglo de la compañía; y de iniciativas editoriales sobre textos dramáticos; y de literatura, y de libros, y de… «Lo que me gustaría es que hicieras algo con Cien años de soledad. Un actor; un texto; y que todo quepa en una maleta», me soltó sin anestesia, sin preámbulos, sin rodeos; de manera directa, clara, explícita, rectilínea. Entre dos puntos, el camino más corto es la línea recta.

En su mente rondaba algo similar a su célebre Ciudadano Yago. Yo también pensé en esta joya teatral que puso en escena Teatro La República en 2013. «Con Miguel Ángel Maciel», dijo. «Solo puede ser él», le repliqué sobre la marcha. Me miró. El envite estaba lanzado. Le devolví la mirada: al principio, con firmeza, con actitud resuelta, con ese punto de inconsciencia adolescente que no atiende a los peligros; luego, cuando se me asentó sobre la chepa el poso de la vejez y se me iluminó la magnitud de la empresa, no pude evitar una mirada delatora de susto.

Una hora más tarde, durante la despedida, le dije que sí, que lo haría, que aceptaba el reto; y que desde ya me ponía manos a la obra. Y así lo hice. En lo que me quedaba para llegar a casa, comencé de alguna manera con el encargo. ¿Cómo? Tomando algunas decisiones.

·

Tras sentarme en el coche, activar el arranque y hacer las primeras maniobras para incorporarme a la vía, evoqué el momento histórico que dio pie al fragmento reproducido al principio. Cuarenta y seis metros después, como si hubiera una conexión imposible de romper, se mezcló la vivencia con una pieza instrumental a guitarra de John Norum titulada “Jillanna”. El tema aparece en su disco Another destination (1995). Yo ya había leído Cien años de soledad cuando lo escuché por primera vez, pues sentencié: «he aquí su banda sonora». Pensé en la cantidad de veces que, al oír “Jillanna”, volvía de una manera u otra a la novela; y la cantidad de veces que, manejándola, no podía evitar tararear la melodía.

Trescientos treinta y nueve metros después, volvía un nombre (Miguel Ángel Maciel) y una reminiscencia: la de su admirada y admirable figura sobre el escenario. Ciudadano Yago. Los impostores. Las cicatrices del cielo. «¿Cómo se compone una obra para un actor genial como Maciel partiendo de una obra genial como Cien años de soledad?», me pregunté.

Mil metros recorrí mientras me percataba de que la búsqueda de una respuesta me había llevado a la conclusión de que solo hay dos personajes en la novela idóneos para que los encarne el gran Maciel: el del patriarca, José Arcadio Buendía; o el de su hijo, el coronel Aureliano Buendía. Ochenta y seis metros más adelante supe, con absoluta claridad, que el marido de Úrsula Iguarán ya tenía quien le representase en el mundo real.

En los siguientes ochocientos setenta y dos metros recordé El Quijote (1605) tuneado, una edición de la primera parte de la novela cervantina (1605) que elaboré y publiqué en 2013. Al principio, el trabajo didáctico seguía los postulados propios de una adaptación escolar; pero más adelante, a medida que la historia iba desarrollándose y yo iba asumiendo más licencias para salirme de los márgenes que delimitaban mi labor, el ajuste literario fue adquiriendo cada vez más los tintes propios de una reescritura. “Reinvención” es quizás la palabra. Supongo que fue tanto el desvío realizado que me vi desbordado cuando quise hacer lo propio con la segunda parte (1615); de ahí que, intuyo, dos años más tarde, cuando adapté El lazarillo de Tormes bajo el título de Lazarillo… exprés, me censurase los permisos concedidos y el resultado fuese una adaptación escolar pura y dura, sin devaneos retóricos ni ejercicios creativos desmedidos.

En cuatrocientos noventa y nueve metros reconocí que me gustó el trabajo que hice para la novela anónima de 1554, pero que el placer de la experiencia del tuneado seguía muy presente. En medio de un parar, esperar y arrancar, pensé en Tolga Kashif y su The Queen Symphony (2002), una fascinante obra nueva creada a partir de materiales musicales ya hechos; en otras palabras: una gloriosa sinfonía en seis movimientos inspirada —importante matiz: inspirada— en la música de Queen que nada tiene que ver con el atroz, repulsivo y nauseabundo universo de mamarrachadas en forma de adaptaciones y versiones que se han hecho sobre las canciones de este grupo británico desde que murió Freddie Mercury en 1991.

Setenta y un metros después, centímetro arriba, centímetro abajo, decidí que no quería adaptar al teatro Cien años de soledad, sino componer una obra nueva a partir de la novela de Gabriel García Márquez; o sea, tomar prestado lo que había, el inimitable texto, para hacer algo distinto. Quería algo que fuera más allá del simple movimiento del mobiliario de los párrafos para que las habitaciones de las páginas mostrasen una decoración diferente. «No se trata de hacer mejor lo que es inmejorable, sino de ofrecerlo de una manera distinta; algo que permita valorar de otra manera la calidad de la luz, sus reflejos, las sombras», me dije. Eso es lo que había hecho Tolga Kashif con Queen. Yo quería hacer lo mismo con Cien años de soledad.

Trescientos metros bastaron para asumir que los veinte capítulos de la obra no podían formar parte del texto teatral; y diecinueve más para decidir que solo abordaría los siete primeros, aquellos en los que participa José Arcadio Buendía. En el fondo, debo reconocer que no fue difícil decisión. Solo tuve que suspirar y hacer que revolotease en mi conciencia uno de los pasajes de la novela más hermosos, una de las joyas más deslumbrantes que conservo en ese cofre de tesoros literarios que todos los lectores poseemos: el relato que, suelto, escindido del cuerpo principal, se ha venido reconociendo como el de “Los cuartos infinitos”.

Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fon-do. De ese cuarto pasaba a otro exacta-mente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso, y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la realidad. Pero una noche, dos semanas después de que lo llevaron a la cama, Prudencio Aguilar le tocó el hombro en un cuarto intermedio, y él se quedó allí para siempre, creyendo que era el cuarto real.

Cuatrocientos treinta y cuatro metros antes de llegar a casa, pasé por delante del IES José Zerpa, donde habito laboralmente desde 2007. Al instante, llegaron a mí autores y textos que he ido desplegando en sus aulas y, por natural expansión, en esas aulas de papel que he ido componiendo en forma de libros desde hace ya unos cuantos años y que, como tales, de una manera u otra, han formado parte de mi quehacer docente. De todos, quien llegó primero para tomar sentido en mi ejercicio introspectivo fue la Breve antología escolar de la Literatura canaria [Mercurio Editorial, 2016], quizás porque en ese momento percibí que el reto asumido me iba a permitir la posibilidad de aunar varios términos clave para mi manera de entender la literatura. En la página LIV del señalado título, al hilo del apartado dedicado a la voz “antología” y después de desarrollar los aspectos relacionados con su carácter didáctico (docere, componente objetivo) y lúdico (delectare, componente subjetivo), expuse lo siguiente:

«Hay dos grandes vocablos más que suelen desatenderse porque se ciñen a criterios que no responden a patrones estrictamente científicos, a pesar de la carga de humanismo (4ª acepción del DRAE) que encierran, son estos: homenaje y gratitud. Una antología debe ser un homenaje y un ejercicio de agradecimiento del editor a los autores que le han concedido con su talento deliciosos momentos de lectura e investigación filológica».

Homenaje. Gratitud. «Homenaje y gratitud», me dije mientras aparcaba. Qué ocasión más emocionante para decirle a Gabriel García Márquez: «gracias por Cien años de soledad y, por extensión, gracias por toda tu producción literaria; gracias por haber dedicado tu vida a crear pócimas poéticas que tanto bien me hacen». Junto a la gratitud será inevitable el homenaje, reconocí, pues mi oficio dispone que ese sea el segundo paso: compartir el agradecimiento con otros que, quizás, si vivieran la misma experiencia intelectual, podrían llegar a sentir la misma complacencia y, en consecuencia, similares deseos de expresar su particular reconocimiento.

·

Ciento tres días después, terminé el encargo: seis movimientos inspirados —importante matiz: inspirados— en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Seis piezas que agrupo bajo el título Los cuartos.

Tras el cierre de la labor, surge lo inevitable: comprobar cómo se agolpan las preguntas. La primera es inevitable: y ahora, ¿qué? A esta, le siguen otras: ¿gustará lo realizado?, ¿habrá alguna oportunidad de que se conozca lo hecho para que se pueda juzgar?; en quienes no hayan leído el clásico de la literatura o no lo conozcan, ¿contribuirá de alguna manera lo compuesto a forjar en el ánimo de estos el deseo de leer o de conocer la obra? Si esta voluntad se satisficiera, ¿es muy descabellado plantear que en esos destinatarios podría gestarse el mismo impulso de gratitud y homenaje que antes se expuso?

Más preguntas inundan la supuesta calma que debería haber tras el fin del quehacer: por un lado, si entenderán la obra quienes no conozcan los siete primeros capítulos de la novela; por el otro, si quienes los conozcan la entenderán. ¿Les será grato el acceso a una reescritura asentada sobre un texto al que se le reconoce la divinidad como cualidad esencial? ¿Valorarán de manera positiva el resultado o concluirán que, para el resultado obtenido, mejor no haber hecho nada? ¿Se verán impelidos a pedirme, con cierto aire juanramoniano, tras leer o escuchar cualquiera de los movimientos (aunque nada pueda hacer para satisfacer el deseo), que no la toque ya más, «que así es la rosa»?

Tras la relectura previa a los borradores y los borradores previos a escritura, descubrí que Prudencio Aguilar y Remedios Moscote atesoraban, de cara a la configuración de los personajes y los hechos narrados de los siete primeros capítulos de la novela, una valía singular. ¿Compartirán conmigo esta percepción quienes conozcan la obra? ¿Coincidirán conmigo en la visión que, a mi juicio, debería tener José Arcadio Buendía sobre su nieto Arcadio? ¿Considerarán adecuada la referencia constante a Úrsula y su ubicación específica en el monólogo del tercer cuarto? ¿Se entenderá que el cuarto se dedique a la estirpe de sangre? ¿Percibirán estos lectores u oyentes, conocedores de los siete primeros capítulos, el trasfondo de la expresión «Isla Macondo, a la deriva oceánica de la gran naranja planetaria»?

Preguntas y más preguntas que, como agentes de bolsa, pujan por sus respuestas en el gran parqué donde cotizan las incomprensiones y aceptaciones, los desacuerdos y las adhesiones, los grandes temores y, por supuestísimo, las grandes esperanzas. Preguntas y más preguntas que, conviene reconocerlo ya, jamás podrán superar a la más importante de todas para mí en este momento, la más relevante, la más trascendente, la única que centra todas mis atenciones: Nacho, maestro, hermano, ¿ves cumplidas con esto que te ofrezco tus expectativas?


Acceso al libro Los cuartos y los finales

EL AUTOR

Victoriano Santana Sanjurjo (Telde, 1973), Doctor en Filología por la ULPGC con Premio Extraordinario de Doctorado, es profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES José Zerpa de Vecindario, donde tiene su destino definitivo, y profesor a tiempo parcial en la Facultad de Ciencias de la Educación de la ULPGC.

Además de la docencia, ejerce labores de editor y escribe. Entre sus publicaciones predominan las obras de divulgación, centradas sobre todo en Cervantes y El Quijote, y en el Siglo de Oro. El feminismo y la política son dos temas recurrentes en sus libros de corte más ensayístico.

Algunos de sus títulos más destacados son: Demonios cervantinos [2017], Prontuario a una visión cervantina de la mujer [2017], Antología escolar de la literatura canaria [2016], El Qvixote sin don Quijote [2016], Lazarillo… exprés [2015], Articulaciones, 2011-2014 [2014], El príncipe debe reinar y otros textos políticos [2013], El Quijote (1605) tuneado [2013], Lecturas civiles [2012], Cuadernos de la Ínsula Barataria [2012], El género pastoril a través de ‘Ninfas y pastores de Henares’ de Bernardo González de Bobadilla [2011], Moiras Chacaritas [2010], Exitus [2010], Pro Marcelas [2010], Análisis paratextual de ‘Ninfas y pastores de Henares’ de Bernardo González de Bobadilla [2008], Cervantes y la búsqueda de la esperada luz tras las tinieblas. La segunda parte de ‘La Galatea’ [2008], etc.

Su trayectoria puede verse en su web: www.sadalone.org

Los cuartos y los finales

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Categoría: Artes Escénicas, Biblioteca canaria de lecturas, Breve Antología Escolar, Humanidades, Literatura

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